· La pico


 Margaret Bourke - White 

Trinidad era una de tantas de esas personas a las que la vida, no le dio opción a elegir donde y cómo quería llevar sus pasos.
Hija de una generación de posguerra, hambre e incultura impuesta por un régimen salvaje, que apretaba con botas de hierro.
Heredó de su madre la profesión más antigua del mundo.
La Pico como todo el mundo la llamaba vivía en un  accesorio de una casa rodeada de miseria y suciedad. Era una mujer menuda, delgada y solitaria.
Su indumentaria no distaba mucho al de su hábitat. En Verano  un simple vestido con alpargatas, en Invierno, el mismo vestido  con idéntico calzado, unas medias enrolladas en unas ligas y para sopotar el frío, un abrigo de hombre del que le sobraban tres dedos en cada hombro.
A pesar de su profesión, Trinidad  mostraba ademanes masculinos, tenía una voz grave, una leve pelusilla en el bozo y siempre iba con las manos entrelazadas  sobre la espalda. Era de todo menos atractiva.
Gustaba de beber talabartos de vino en las tabernas, lugar donde ella entablaba conversación con su clientela, cuatro jubilados viudos.  " Yo les hago unos apaños, ellos se van cotentos y yo como todos los días "
Siempre se mostraba educada y respetuosa. No hablaba casi nunca  o muy poco con las vecinas, por aquello del que dirán, pero todas y cada una de ellas le tenían aprecio y se hacían cargo de sus circunstancias.
Trinidad tuvo siete hijos que nuca sabrán quienes son sus padres. Conforme los paría, la beneficiencia se los retiraba y los ingresaba en un colegio interno. Cada mes iba a visitarlos sin faltar ninguno, a su regreso contaba a todos lo bien que estaban sus niños con emoción; A pesar  de todo era madre y sufría por no tenerlos a su lado, aunque comprendía que allí estaban mejor.
Pasaron los años y un buen día tocó a la puerta de una vecina, quería despedirse, dos de sus hijas vinieron para llevársela y darle una vida mejor. No parecía la misma persona, sus hijas le trajeron ropa nueva.
Todas las demás vecinas se avisaron unas a otras y todas salieron a despedirla.
Por fin, podía ofrecer un abrazo a cada una, por que ya era como las demás, una mujer decente con el calor de sus hijas.
Mientras se subía al coche una vecina le dijo: ¡Anda Trini no te quejarás que pareces una marquesa! Trini sonrió y se fue diciendo adiós con la mano.


5 comentarios:

  1. ¡Que historia tan preciosa !
    Estoy seguro de que todos van a ser muy felices.
    Me alegra mucho que los clientes de Trini tuvieran tan buenos y nobles genes como los de ella misma y que heredaron sus hijos...
    Besos y salud

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Aquellos fueron tiempos muy duros y cada cual tiró para donde puedo, lo importante era comer con o sin dignidad, y a ella como a muchas otras le tocó tirarse al barro. Conozo a personas así, algunas que todavía viven o malviven, ella al final tuvo suerte. Me has emocionado con esta historia tan bien contada.
    Te agradezco tu visita y me quedo por aquí.

    Un abrazo

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  4. Que dura fue la vida y es para algunas personas, nacen sin estrella y pasan de puntilla por ella, pero para nosotros... para ellos es una existencia arrastrada, que suerte hemos tenidos algunos.

    Que historia más real y vivida miles de veces, al menos esta al final tuvo un final feliz, un saludo.

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  5. Triste y feliz lo que nos regalas.
    La vida sabia....nos espera con buenos sentires siempre.

    Cariños

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