·

19 diciembre, 2011

· Amapolas


Cuando llegó al precipicio pensó que no había más camino, que todo acabaría ahí.

Se sentó en el borde a admirar el horizonte,  un paisaje hermoso en un día claro que dejaba ver los colores  de un llano  dorado salpicado de puntos rojos, tímidas amapolas que  asoman humildemente para dar alegría. Al fondo la línea ondulada de unos oteros que empujan hacia el cielo en los que se adivina una frondosa vegetación de árboles centenarios. En el aire fresco la melodía de pájaros que saludan a la mañana. Cerró los ojos y aspiró con fuerza el aire hasta llenar sus pulmones.

Allí pasó largo rato hasta que por fin se levantó, extendió los brazos y saltó confiado.  Sus brazos se volvieron alas. Planeó  junto a los pájaros que le acompañaban en su viaje. Bajó en picado y volvió a subir, hizo mil acrobacias en el aire hasta sentirse ligero , fue entonces cuando sus labios esbozaron una sonrisa y al segundo una gran carcajada de felicidad.
Levemente aterrizó. Poso sus pies  en la tierra, sintiéndola más que nunca. Se acerco a observar  aquellas amapolas que siendo tan pequeñas y frágiles insisten año tras año por sobrevivir. Las acarició con las yemas de los dedos.
Con los sentidos abiertos  comenzó a volar de nuevo con el alma sosegada.  
Abrió los ojos, se levantó y dio media vuelta desandando cada paso en el camino que le llevó hasta allí.
El aroma a hierva limpiaba las telarañas de su corazón.